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lunes, 17 junio, 2024

OPINIÓN | Protestas, malestar y cambio político

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CIUDADANÍA Venezuela: Un país que protesta. El Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVSC) registró en el mes de agosto 894 protestas, lo que significó un promedio de 30 diarias en el país. Esta cantidad representa un aumento de 20 % con respecto al mismo mes del año pasado, en el que estábamos apenas saliendo del intenso y prolongado ciclo de protestas del año 2017. El 88 % de estas protestas de agosto se concentró en demandas que tienen que ver con los derechos económicos, sociales, culturales y ambientales, específicamente en el reclamo de derechos laborales y salariales. En segundo lugar, destacaron las protestas por las fallas en los servicios básicos: por el agua, el gas, el servicio eléctrico y por las fallas en el transporte público. En tercer lugar se ubicaron las protestas por el “paquetazo de Maduro”, en rechazo a la reconversión monetaria, la falta de efectivo y la inoperatividad de los bancos. En  cuarto lugar destacaron los reclamos por derechos a la participación política, como por ejemplo, las protestas por los presos políticos.

El malestar y la Emergencia Humanitaria Compleja: Como lo refiere el OVCS, estas protestas expresan un creciente malestar que conlleva un profundo repudio a las políticas gubernamentales que se han caracterizado por no presentar soluciones ni respuestas sostenibles a las dramáticas condiciones de vida de la mayoría de los venezolanos. Estamos ante un estado de despojo permanente y progresivo de los derechos humanos que la Constitución Nacional debe proteger y garantizar, pero no ha sido posible porque el Gobierno ni siquiera ha reconocido la Emergencia Humanitaria Compleja en la que está inmersa la población venezolana. A este malestar lo caracteriza, sobretodo, un estado de aguda incertidumbre, angustia y miedo resultado de la pérdida del poder adquisitivo que ha mermado las posibilidades de enfrentar las múltiples necesidades de una familia y protegerla de las amenazas que la acechan, tales como el hambre, la desnutrición, el desempleo, las enfermedades y otros riesgos asociados al colapso del Estado de derecho en Venezuela.

Esta situación se agrava si tomamos en cuenta los riesgos psicosociales que conlleva el clima de opresión derivado del conflicto político, tales como la manifestación de desequilibrios emocionales y psíquicos en las personas más vulnerables a la crisis o en aquellas que han estado sometidas a un tiempo prolongado de estrés social originado por el desmantelamiento de las instituciones democráticas, la polarización, la constante confrontación, la discriminación, la anomia generalizada, la manipulación y acoso proselitista, en general, por el asedio sistemático sufrido por los ciudadanos que busca que se dobleguen al proyecto autoritario.

El trauma psicosocial o trauma colectivo intencional: A este padecer existencial, anclado en los contextos de la crisis política, relacionados con políticas que tienen como fin asfixiar los derechos humanos y las posibilidades de la vida democrática, se le llama trauma psicosocial o también trauma colectivo intencional, cuando es inducido para que produzca efectos de desmoralización y quiebre de las fuerzas sociales y políticas con fines de dominación social. Este trauma colectivo conlleva un desolador sufrimiento ético político por causa de las injusticias sociales, del trato desigual e injusto que se padece. Dice Bader Sawaia, una psicóloga social brasileña que ha estudiado durante años este fenómeno, que el sufrimiento por estas causas vuelve a las personas impotentes para la libertad y la felicidad, sea en la forma de sumisión, sea en la forma de odio y fanatismo. Su ejemplo más emblemático es el sufrimiento por la indignación moral. Pensemos por ejemplo, en la que han sufrido millones de venezolanos al verse obligados a sacarse el carnet de la patria por razones de sobrevivencia material, social y/o política.

La vía para la liberación y el cambio pasa primero que todo por retomar los valores humanos que moralizan al pueblo para que recupere su dignidad, su conciencia y fortaleza como sujeto histórico primordial para la transformación de Venezuela. Por otro lado, es importante señalar que el crecimiento y expansión de las protestas no contribuirán a un cambio político si continúan desarticuladas y/o focalizadas solamente en temas eminentemente reinvindicativos. Tampoco serán un factor de cambio ni podrán canalizar la energía que provee el malestar social si los actores no se reconocen y en cambio siguen actuando cada quien por su lado, desmereciendo el esfuerzo de los otros. Solo la dinámica inteligente de las fuerzas sociales unidas, articuladas, conscientes de su poder, conducidas por un liderazgo colectivo con objetivos políticos claros, estratégicos y democráticos, con mirada histórica, abrirá el camino hacia el cambio político anhelado.

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