Keydomar, el niño, el “oso”

Vallenilla consiguió este sábado la segunda medalla para Venezuela en los Juegos Olímpicos Tokyo 2020, y la primera en su carrera, en su primera asistencia. Nos hizo llorar a todos, y recordar tiempos pasados donde este momento era apenas un sueño

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Foto: AFP

Por Johanna Osorio Herrera

—¡Venga chamo! Lo logra, lo logra, lo logra. ¡Lo tiene, lo tiene!

Keydomar Vallenilla alza un total de 387 kilos y sabe lo que significa: su primera medalla en sus primeros Juegos Olímpicos. Grita, grita fuerte, celebra, salta, abraza a sus entrenadores.

Justo después: el llanto. El de toda Venezuela, el mío.

Ver a Keydomar triunfar rememora en mí recuerdos especiales, especialísimos.

No muchos lo saben, pero antes de investigar, cubrí deporte menor. Ha sido, sin duda alguna, de las etapas más dulces de mi carrera como periodista. Asistir a entrenamientos o juegos de todas las disciplinas, de todas las edades, desde La Vega hasta Petare, desde Las Mercedes hasta Caurimare, desde Los Ruices hasta el 23 de Enero, me llenó de un amor increíble por la ilusión que provoca el deporte en los niños, por los anhelos que despierta.

En 2015, escribí sobre Keydomar.

Estábamos en la Redacción Única de la Cadena Capriles, yo escribía para Líder en Deportes, y mi amiga Mari Riquelme —gran periodista deportiva, que entonces escribía política— se me acercó, como quien no quiere la cosa, a contarme sobre un pesista que era “un monstruo”. Mari tiene la voz un poco gruesa y dulce, y cuando habla de algo que le apasiona parece una niña hablando de un juguete que vio en televisión y que es el mejor juguete de la vida. Así me habló de Keydomar, y me convenció en dos segundos.

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No recuerdo con exactitud cómo concretamos la entrevista, pero sí que fue por teléfono. Keydomar tenía 16 años e iba a asistir al Panamericano de Pesas Júnior en México. Había clasificado después de ganar tres medallas de oro en un campeonato nacional sub-17. Venía de ganar otras tres medallas de oro en los Juegos Escolares Cuba 2015, y estaba entrenando como entrenan los ganadores: de lunes a sábado, con doble jornada los martes, miércoles y jueves.

Nunca dejaba de mencionar a su entrenador, Henrry Velásquez. Decía que sus logros eran de él también, que él era importantísimo en su carrera. Era un niño, un adolescente, que alzaba casi 300 kilogramos en pesas y el doble en humildad.

En aquella época aún representaba al estado Vargas. Ahora, vive en la Cota 905, un sector que nos ha dado tantas malas noticias, que a veces olvidamos que en él habita también la bondad, y cientos de muchachos como él.

Tengo un par de años alejada de la cobertura deportiva, pero siempre sigo y me emociono con los logros de nuestros atletas, porque el mérito de salir a representarnos y triunfar es enorme, cuando visten los colores de un país donde el Estado no les apoya, no suple sus necesidades, muchas veces ni sabe sus nombres, hasta el momento en que puede usarlos para vanagloriarse.

Pero, ver a Keydomar fue distinto, y recordarlo para escribir esto todavía me lleva al llanto.

Cuando se cubre deporte menor, se es testigo de la inocencia y la perseverancia, todo el tiempo. Ves niños chiquiticos que aprendiendo a jugar béisbol corren en dirección contraria, niños que imitan la concentración de sus entrenadores y hasta la forma de caminar, niñas que sueñan con ser Simone Biles desde el gimnasio local que queda cerca de sus casas. Niñas y niños que corren, juegan, ríen, lloran y que pueden hacer todo eso en un mismo partido con la misma pasión.

También ves, hablas, con unos ya más grandecitos (grandecitos de 11 o 12 años), que te dicen sin titubear: yo voy a ser un gran pelotero y voy a comprarle una casa a mi mamá. Y no puedes hacer nada más que creerles, entrevistarlos, apoyarles, porque tienen toda la determinación del mundo en cuerpecitos de menos de metro y medio.

Muchos lo logran, otros no. Todos tenemos mil sueños de niños que van mutando, y cumplimos muchos, pero otros cambian. Cuando los oía, dentro de mí siempre pedía que lograran cumplir lo que más anhelara sus corazoncitos, ahora o más adelante, con estas u otras metas.

Por eso, ver a Keydomar ganar su medalla de plata, la segunda para Venezuela en estos Juegos Olímpicos, me llenó de orgullo el corazón. Y lloré sonriendo, como muchos, y me sentí absolutamente feliz, porque este muchachito, que ahora tiene 21 años, cumplió su sueño, ese por el que se paraba a entrenar todos los días, y que un día lo trajo a las páginas que, por dos años, escribí con tanto amor.

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