Información, enfermedad y guerra

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Difícil, ante la situación que afrontamos, no ver a toda hora, como nos gustaría, las informaciones noticiosas sobre la invasión y guerra a Ucrania. Sin embargo, se requiere esta dieta informativa para preservar la poca estabilidad emocional que queda en medio de las diferentes circunstancias que manejamos en nuestra martirizada patria.

En efecto, sobrevivimos a duras penas al desastre provocado por irresponsables e ignorantes —lo menos que puedo decir—. Un país próspero y con capacidad de autoabastecimiento, hoy arruinado. No estoy descubriendo el agua tibia. No hubo guerra. Tampoco una devastación por parte de la naturaleza: terremotos, huracanes ni nada que se le parezca.

No hubo nada de lo enumerado; sin embargo, estamos en medio de una debacle económica y social que hace peligrar la vida de numerosas personas y, a la vez, espanta a una masa de seres humanos (más de seis millones) que parten en busca de un porvenir más seguro y mejor. Los que nos quedamos estamos siempre en una especie de limbo porque dependemos de otros: hijos, hermanos, familiares en general.

Ocurren situaciones que obligan a repensar la situación que debemos asumir cotidianamente. Hace dos años la terrible pandemia (COVID-19) terminó de cambiar la vida. En mi caso, hurgué en los recuerdos de mi abuela materna: me habló en oportunidades de lo terrible que había sido esa tal gripe española. Muchas de las costumbres, como la de lavarse las manos repetidamente, no poner carteras en la cama, no acostarse con la ropa que se trae de la calle (ni para la siesta ni un descanso corto), provienen de las alertas de esa abuela que sobrevivió, sin vacunas, a la terrible peste, y en algunos años, también embarazada.

Sin habernos repuesto todavía de lo narrado, medio acontecidos y bastante golpeados por la situación país, surge la guerra de Rusia contra Ucrania para terminar de angustiarnos y ponernos en constante reflexión sobre el futuro de la humanidad y todos los aspectos que implican al ser humano en estos momentos. 

Volvemos la mirada hacia aquellos que durante la Segunda Guerra Mundial se horrorizaron y trataron de investigar qué pasa por la mente de esos tipos destructores a quienes que no les importa nada. Hannah Arendt, gran filósofa, en dos de sus más importantes libros, La condición humana y La banalidad del mal, hace un recuento sobre lo que anuncia en los títulos de sus investigaciones. Al investigar, conoce la verdadera naturaleza de los seres humanos. Encuentra, al indagar, lo complejo de eso que denomina: la condición humana.

En determinadas condiciones y circunstancias se banaliza el mal. La reflexión envuelve una serie de preguntas, la mayoría sin respuesta. Con una angustia presente por el futuro, más sobre hijos y nietos que por el propio. Buscamos una explicación racional: ¿qué pasa con el planeta en estas horas difíciles? ¿Tendría razón la filósofa al señalar que el mal se banaliza? ¿Es posible que cualquier humano se transforme en un demonio si se dan determinadas condiciones? Estas interrogantes atormentan. No encontramos un resultado que tranquilice.

¿Será capaz Putin de apretar el botón rojo de la guerra nuclear? ¿Estamos en manos de quién? Para mí, Dios es la respuesta. Sospecho y confío: no permitirá que la humanidad desaparezca por el capricho de un resentido, semidemente. Su rostro, el del dictador ruso, revela un terrible padecer por la profunda tristeza de sus ojos. Nos enteramos de que es adoptado doblemente (dos familias ¿qué significa?). Mientras mueren miles de ucranianos y rusos, este hombrecillo acaba con la esperanza y la vida de miles de jóvenes.

Nunca más pertinente la pregunta de Lenin: ¿qué hacer? Tampoco tengo respuesta. Hay que seguir orando y pretendiendo ser mejores personas. Darse cuenta de la trascendencia del momento para entonces intentar entender la circunstancia que vivimos y lo que ella implica. Importante también hacer conciencia de lo que un individuo loco puede hacer con la humanidad.

GLORIA CUENCA | @editorialgloria

Escritora, periodista y profesora titular jubilada de la Universidad Central de Venezuela

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