De cómo el anticomunismo ayuda a la farsa chavista

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Una de las vías que el desarrollo capitalista ha encontrado para su realización es presentando como socialista alguna que otra de sus formas de dominación. Unas muy vulgares. Otras más elaboradas. Estas experiencias le sirven para varios propósitos. Sobre todo para preservar el orden en situaciones críticas como la que vivía Venezuela desde 1989. Junto a estas formas de dominación se atiza el anticomunismo. Es la ideología más reaccionaria posible, cuyo desarrollo —desde que aparecen los regímenes fascistas— cobra fuerza para preservar a cualquier precio posible las relaciones sociales basadas en la revalorización del capital.

El anticomunismo es una corriente bien elaborada. Se inscribe, en lo fundamental, en la idea filosófica dominante de todas las relaciones basadas en la desigualdad: la visión metafísica de que la materia no cambia, mucho menos la sociedad. Aparece y se desarrolla con objetivos claros. El más general es enfrentar a quienes levantan las banderas del comunismo. En las actuales circunstancias, se inscribe en la lucha entre los bloques imperialistas. Es que China —sin duda alguna, la potencia imperialista que ha conquistado la hegemonía planetaria— se presenta como tal. Dirigida por un partido que aún conserva la denominación de “comunista”. De allí que el anticomunismo de siempre va a cobrar nuevos bríos, como lo vemos en Venezuela. Por ser tan universal, esta corriente —expresión clara del conservadurismo capitalista— siempre estará presente en la ideología de las clases dominantes.

El anticomunismo nace de manera orgánica con la revolución soviética de 1917. Pero surge a la par del movimiento obrero. De allí la célebre frase: “… un fantasma recorre Europa, el fantasma del comunismo. Todas las fuerzas de la vieja Europa se han unido en santa cruzada para acosar a ese fantasma: el Papa y el zar, Metternich y Guizot, los radicales franceses y los polizontes alemanes”.

El anticomunismo —que también cuenta con muchas variantes en el transcurso de su historia— se expresa en el mundo contemporáneo como siempre: en su esencia. Ataca todo lo que se le presente como tal, aun sabiendo que se trata de tretas. El macartismo fue una de las maneras más acabadas durante el siglo XX. Los nazis, los fascistas italianos, así como el franquismo, se expresaron de la manera más brutal y criminal posible. Se convierten en las formas más bestiales conocidas hasta entonces. Mientras, el establishment estadounidense lo hace de manera más civilizada, consensuando con muchos sectores políticos y sociales, incluyendo buena parte de las capas medias.

Además del propio de los regímenes fascistas, el macartismo desarrollo un método particular expedito para enfrentar la amenaza. Terminó estimulando creaciones artísticas que se convirtieron en clásicos de la literatura y el cine. En el presidio que sufre durante el macartismo, Howard Fast, nace la obra Espartaco. Dalton Trumbo escribe un guión basado en ella y es llevada a la pantalla. Se convierte en un clásico del cine. Ganó cuatro premios Óscar. Trumbo también escribió el guion de las películas, igualmente ganadoras de Óscar, Vacaciones en Roma (1953) y El bravo. Escritos bajo pseudónimo y en secreto. Vio la entrega de sus Óscar, pero no pudo presentarse. Estaba vetado por McCarthy.

Es que fueron muchas las obras que estimuló la cacería de brujas del macartismo, mientras reprimía. Seguramente frenó la creación artística en muchos aspectos, pero estimuló otros. Llevó al suicidio a algunos. Estimuló la delación como mecanismo para salvar el pellejo. Pero también cultivó la heroicidad de muchos. Sembró el terror en mucha gente. Eso sí, a la larga, llevó el cine estadounidense a la vulgarización, al culto a lo banal y la frivolidad.

Lo del macartismo no se trató de la locura de un psicópata, del senador que le dio el nombre. Fue una política de Estado. El fascismo estadounidense siempre ha sido acompañado por el culto a su particular democracia representativa oligárquica. Busca siempre que el terrorismo de Estado y las guerras expansionistas se presenten como expresión de las demandas de su población.

A la postre, este anticomunismo se hizo sinónimo de oscurantismo. De cacería de brujas. Miller escribe Las brujas de Salem en el período macartista, para graficar lo que se vive en la sociedad estadounidense. La quema de libros por parte de los nazis también resulta emblemática como representación del anticomunismo. El oprobio dictatorial de Pinochet, Videla, entre otros, son sus expresiones latinoamericanas. Es principalmente dictatorial. Pero también encuentra su realización en formas semidemocráticas. Colombia es un buen ejemplo. Pero la experiencia venezolana del fascismo chavista resulta realmente de antología. Siembra un precedente histórico. Pero el anticomunista irracional lo sigue acusando de comunista. Pareciera ingenuo el asunto.

El anticomunismo permite enfrentar las alternativas radicales que, eventualmente, pueden convertirse en victoriosas en uno u otro país. Cuando se percibe el peligro, allí aparece. Uno de los episodios más claros al respecto es el de Indonesia. A mediados de la década de los sesenta, la ofensiva anticomunista —¡Yakarta ya viene!, gritaban los conservadores chilenos antes del golpe pinochetista— dejó alrededor de un millón de indonesios asesinados por las fuerzas armadas. Y todavía sigue.

El anticomunismo venezolano

El anticomunismo, en las actuales circunstancias venezolanas, se ha convertido en un verdadero aliado del chavismo. Un invalorable apoyo con su sello particular. Nace con Juan Vicente Gómez. A la par de los primeros pasos del movimiento obrero, la dictadura gomecista va a enfrentar al naciente sindicalismo y la introducción del pensamiento marxista. Buena parte de quienes integran la generación del 28 —la más emblemática de las generaciones del siglo XX— se nutrieron del pensamiento más avanzado de la historia humana.

Pío Tamayo se convierte en la figura por antonomasia de las víctimas de la represión anticomunista. Muy a pesar de ser uno de los grandes poetas vanguardistas. Es que sus ideas debían ser acalladas a toda costa. Dejan que se enferme en la cárcel por las condiciones insalubres. Ya próxima la muerte lo dejan ir a casa a morir. Apenas 37 años contaba el gran político y poeta larense. Con esto, el anticomunismo en Venezuela encuentra su primera víctima emblemática. Aquel poeta de la libertad también fue un gran propagador de las ideas marxistas en Venezuela. Sufriendo del exilio, participa en la fundación del Partido Comunista de Cuba. En el Teatro Municipal de Caracas, en febrero de 1928, con motivo de la coronación de la Reina de los Estudiantes, declama su poema Homenaje y demanda del indio. A su Majestad Beatriz I, Reina de los Estudiantes: “… Pero no, Majestad que he llegado hasta hoy, y el nombre de esa novia se me parece a vos! Se llama libertad!”. De allí a la cárcel.

El anticomunismo se profundiza durante el bipartidismo. En este período adquiere nuevos perfiles. El llamado padre de la democracia —militante comunista durante un tiempo por la década de los 30, e incluso fundador del partido comunista de Costa Rica—, integrante de la generación del 28, lo perfila de manera clara. Betancourt combina la más cruenta represión contra el pueblo y sus vanguardias con la entrega plena de la soberanía al imperialismo estadounidense. Deja en este período, posterior a la caída perezjimenista, muchos asesinatos, tortura y cárcel. Pero también algo de anticomunismo en la conciencia de algunos. Como toda expresión de esta ideología, implanta la censura, cercena la libertad de expresión y practica el terrorismo de Estado.

Pero con el chavismo, el anticomunismo encuentra un nuevo aliciente. Más cuando se presenta como una supuesta expresión del socialismo de estos tiempos. Sumemos que el chavismo está interesado en ser tildado de comunista. Luego, la recreación anticomunista frente al chavismo, tratando de ser audaz, propaga mentiras y tonterías que no podemos decir que sean el resultado de la ignorancia, sino de algo muy bien elaborado. Asimismo, el anticomunismo organizado se presenta como una expresión de la política exterior estadounidense de manera abierta.

Asimismo, el chavismo es también anticomunismo. Por ser una farsa. Por esconder su oscura política en los discursos usando ideas avanzadas. Por ser entreguista de los intereses nacionales a potencias extranjeras, pues, arrodillar al país frente a China y Rusia es igual o peor a un siglo de genuflexión en la relación con los estadounidenses. Porque reprime las libertades democráticas. Porque engaña al pueblo. Porque propaga el irracionalismo, base filosófica que nutre al fascismo. Porque sus rasgos fascistas y antidemocráticos son cada vez más claros.

El anticomunismo en Venezuela, desde un comienzo, ataca al fantasma para realizar sus planes. Luego, se va a nutrir del enfrentamiento a las nuevas determinaciones del momento. Aguijoneado por los estadounidenses, encuentra en la nueva dependencia de China un importante estímulo. Por su parte, el chavismo toma partido por el bloque que lideran los chinos. Con esta actitud, el anticomunismo se inscribe en la confrontación entre los bloques imperialistas, por ganarse a Venezuela como espacio bajo influencia de uno u otro.

Ahora, bien, mayor complejidad surge porque el chavismo se ha presentado como una expresión del socialismo, de allí su desgastado lema: “socialismo del siglo XXI”. Pero en vista de que la superestructura jurídico-política debe corresponderse con la estructura económica, el chavismo no luce coherente, en las primeras de cambio.

Pero si analizamos lo que significa el revisionismo —es decir, socialismo de palabra, para decirlo en términos más comprensibles—, la situación queda clara. Desde Jruschov hasta Xi Yinping, el revisionismo en el poder ha profundizado esta confusión. Se explica en tanto que resulta una forma de dominación que preserva las relaciones sociales de producción levantando una fraseología “socialista”. Es más, presentando sus realizaciones como expresión genuina del socialismo. Se trata de un asunto muy complejo que solamente puede ser comprendido con rigor si se asume la tradición correspondiente en cuanto a categorías fundamentales. De resto se sigue analizando el asunto de manera equivocada o bajo el paraguas del irracionalismo anticomunista, con lo que se alimenta una mentira.

Solamente a partir de la ciencia económica se puede comprender el asunto. Es que una de las formas usadas por la dominación política —para preservar las relaciones de producción basadas en la valorización del capital— es la que se sustenta en la fraseología “socialista”, combinada con la política económica de reparto de algo de la riqueza nacional, creando una demanda social en correspondencia. Con lo cual se apuntalan las orientaciones que permiten afianzar las relaciones imperantes y los nexos de dependencia del imperialismo.

Lo más claro al respecto, refiriéndonos al revisionismo, son las realizaciones chinas desde la década de los ochenta del siglo pasado. Con la figura de zonas económicas especiales, el gigante asiático se convierte en la economía más favorable para la superexplotación obrera. Salarios de hambre, flexibilización extrema de las relaciones laborales, materias primas baratas y abundantes, resumen buena parte de las ventajas comparativas que brindan al capital mundial. Pero, por contar China con un proyecto nacional imperialista, va a convertirse en potencia mundial y adelantar el camino de la creación de áreas de influencia propias.

Por lo que este asunto va más allá de las cuestiones políticas. Es que se trata de algo que obliga ser aclararlo en profundidad, por lo que debemos atenderlo desde la perspectiva de la ciencia. Más, cuando en América Latina han aparecido varios procesos que lo resumen. Es el caso de Nicaragua y Bolivia. En el de Nicaragua, la dictadura de Daniel Ortega acaba de realizar un proceso tan o más fraudulento que el reciente de Venezuela, bajo una forma de dominación similar, “socialista y antiimperialista”. Frente a la ofensiva de “los enemigos de la revolución”, toman la medida de anular candidaturas y partidos.

Según conclusiones de la investigación realizada por Idea Internacional, Urnas Abiertas y el Centro de Estudios Políticos y de Gobierno de la Universidad Católica Andrés Bello, la farsa electoral nicaragüense tiene como condiciones: “la manipulación excluyente del padrón, la persecución judicial de opositores y la exclusión de candidaturas, el uso ilegal de recursos del Estado con fines proselitistas y, en general, por la falta de garantía de los derechos y libertades por parte del poder ejecutivo y la autoridad electoral”.

Por su parte, el chavismo es un régimen de dominación cuyo agotamiento está muy sujeto a la escasez de recursos para mantener el reparto de migajas, mientras los jefes se reparten el botín grueso. Se legitiman —o se estuvieron legitimando un tiempo— con las dádivas y el discurso. Pero, agotados los recursos, el discurso pierde fuerza, hasta convertirse en mera fraseología que nadie cree.

Concluyendo, el anticomunismo es aliado del chavismo. Un estrecho aliado. No solamente apuntalan al régimen reforzando su autocalificación, sino que merman las fuerzas opositoras. Al presentarse tan abiertamente como agentes de los gringos y no inscribir propuesta alguna al interés nacional y popular, mucha gente generaliza e identifica el discurso anticomunista con la oposición. Lo que termina por crear reservas y resistencia con la oposición en general.

Además, los anticomunistas orgánicos alejan a mucha gente, son agentes abiertos contra lo unitario. No permiten los desarrollos democráticos que reclama la sociedad venezolana. Son excluyentes. Lo que inhibe a muchos que abandonan las filas chavistas a incorporarse a las fuerzas opositoras.

El anticomunismo ha dejado mucho reguero en la historia. Difícil que pueda levantar entusiasmo. Puede crear temor de sí mismo y de quienes ataca. Afianzar el miedo por el comunismo en la misma proporción y más en lo que representa. Pero difícilmente puede levantar optimismo. Pero el anticomunismo se encuentra en buena parte de los factores políticos de la oposición. No es exclusivo de un sector aislado. Por el contrario, parece ser un dictado que exigen los gringos y europeos que deben, en mayor o menor medida, cumplir. El anticomunismo no agrega fuerzas, sino que debilita las que conserva la oposición. Sirve al chavismo.

Nota final

Las distintas formas de dominación para preservar lo establecido expresan su esencia al afianzar y reproducir las relaciones sociales. El anticomunismo termina siendo la voz desesperada de un régimen de producción agonizante. Debe recurrir al crimen. A la violación de los derechos ciudadanos más elementales. Si no, veamos las realizaciones chavistas. Sus claros rasgos fascistas lo llevan a superar al régimen bipartidista en esa materia, en todos los terrenos.

El chavismo le brinda en bandeja de plata a su par —el anticomunismo orgánico— la oportunidad de recrear sus estrategias. Se aprovechan del desastre creado en el país, la represión, el chantaje y el control social corporativo, entre muchas prácticas y resultados retrógrados, para presentarlos como evidencia del fracaso del socialismo. Le permite reforzar su comparación e igualación entre los regímenes fascistas y el socialismo. Se convierte en ejemplo de una de las tretas que le funcionan al anticomunismo en cualquiera de sus expresiones, pero muy desarrollada por el anticomunismo de los renegados —quienes alguna vez comulgaron con las tesis socialistas—que se muestran, por cierto, como los más creativos en argumentos.

Sin embargo, la historia es demasiado abundante de lo que es el fascismo como para establecer similitud alguna con el socialismo. Caben tales similitudes por tratarse el chavismo de una expresión del fascismo. No del socialismo. Pinochet, Videla, y otros conspicuos dictadores se ensañaron contra los comunistas, en primera instancia, como para identificar el fascismo con el comunismo. El camino lo dejaron claramente establecido Mussolini, Hitler y Franco.

El anticomunista no distingue la gente que apenas aspira al progreso del verdadero comunista. A ese liberal, que propaga la idea de la libertad de expresión como algo fundamental de la democracia, lo acusa de comunista. Qué decir de quien propaga la igualdad. Es que el anticomunismo encierra una propuesta antidemocrática. Cree en la desigualdad. Tiende al racismo. No es gratuito que los mayores asesinos de la humanidad, Hitler, Mussolini y Franco, resuman la simbología del anticomunismo y el oprobio. Que su sola mención genere el mayor rechazo en la gente de bien, en las personas de buena voluntad, en el ciudadano común.

El anticomunista termina siendo un aliado del chavismo. Le ayuda. Mientras la gente busca una perspectiva de cambio, el anticomunista trata de impedir a toda costa el progreso social. Puede llegar a apreciar la belleza. Puede tener sentimientos humanos. Pero odia al comunista. Busca impedir la presencia del comunismo como corriente del pensamiento en cualquier espacio. Pero, a pesar de todo, para derrocar la dictadura tendremos a los anticomunistas espontáneos y orgánicos en la lucha. Hay que saber cargar con ello.

Carlos Hermoso es economista y doctor en ciencias sociales, profesor asociado de la Universidad Central de Venezuela. Dirigente político. @HermosoCarlosD

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