Amor, desilusión y transformación: 80 años de una profesión en Venezuela

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Por: Angeyeimar Gil

Siempre me pienso hablándote, criticándote, renegando de eso que eres y que hace daño. Pero no me había imaginado escribiéndote. Hoy decidí hacerlo, poner en letras lo que he sentido en una especie de desahogo, esperando que de alguna forma me ayude o sirva de inicio de algo que ayude a otras personas.

Amor

Cuando te conocí apenas tenía 16 años. Era muy pequeña para ser completamente consciente de la decisión que estaba tomando, pero me cautivaste. En mi inocencia y mi ignorancia, te mostrabas como la alternativa que conjugaba expectativa y el deseo de futuro. Fue esa primera impresión la que me atrapó y enamoró.

Pero como siempre en el amor, no todo es como lo ven los ojos enamorados. Aunque esta máxima aplica para la vida entera, siempre hay velos qué quitar, para que todo se muestre tal cómo es. Mientras no se logra, uno vive enceguecido, en una especie de engaño que además percibimos tan maravilloso que no hay búsqueda de alternativas, porque todo parece funcionar bien.

Así anduve en la vida: enamorada, cavilando sobre lo que me dabas, en lo extraordinario que era el mundo, gracias a tus aportes. Me sentía orgullosa de que estuvieras en mi vida, que camináramos el mismo camino. Así, junto a ti, entré a mi primer empleo. El primer trabajo es definitivamente ese punto de la vida en el que el mundo comienza a mostrarse más fidedigno. Fue en ese proceso como comencé a descubrirte y a leerte entre líneas, a conocerte y a darme cuenta que algunas cosas no encajaban.

Desilusión

Ya era mayor de edad. Me correspondía atender a un grupo de chicas más pequeñas que yo, por supuesto. Ellas no eran aún adultas. Inclusive, debí atender niñas de 9 y 11 años. Ellas, todas, fueron víctimas de alguna forma de violencia. La mayoría sufrió una de las violencias más duras, que marca para toda la vida, habían sido abusadas sexualmente.

Justo allí, me di cuenta. Escuchando sus historias, repasando los relatos que armaban como si la historia no fuera la de ellas, como si hablaran de una persona y de un cuerpo que no les pertenecía, hablaban desdibujadas de su realidad. Cuando contaban sus vidas y los momentos más cruentos, realmente lo hacían extrañadas de haber vivido eso que yo estaba escuchando.

Oía petrificada, buscando justificación, tratando de dar con los porqués. Qué habían hecho ellas para merecer esas vidas, o qué habían dejado de hacer. Por qué sus vidas estaban impregnadas de crueldad. Trataba de identificar las características que se repetían en sus historias, esos aspectos que las metían a todas —tan diversas individualmente— en un mismo saco de miseria, tortura y dolor.

En el trabajo con ese grupo de niñas me percaté que todo lo que me enseñaste no funcionaba. Faltaban piezas en el rompecabezas. Me di cuenta allí, con esa realidad que no era la mía, que me habías engañado. Que tus formas y maneras no servían. Y dolió, porque la verdad duele, la lucidez duele, más cuando esa lucidez viene luego de la ilusión. La ilusión de querer salvar al mundo. Y duele más cuando eso que asumías como verdad —ya convertida en mentira—, forma parte de tu vida y ya es muy tarde para alejarte.

Transformación

Aunque realmente siempre hay tiempo de alejarse de lo que hace mal, yo decidí, ahora sí con conciencia, quedarme contigo. Suelo ser terca y apostar a cambiar eso que está mal. En ese momento de incandescencia decidí que no me alejaría. Que más bien haría lo imposible por cambiarte. Creí fervientemente que se puede transformar la realidad, y me enfoqué en hacerlo posible. Tú por tu cuenta seguías incólume, difundiendo tus ideas, esas que usaste conmigo, esas que me cautivaron y que hoy siguen engañando a muchos.

Yo, desde mi trinchera, trabajo diariamente por demostrar que esas ideas, las tuyas, las masificadas, las aplaudidas, son erradas y nos alejan cada vez más de lograr cambios en la vida de la gente. Trabajo por demostrar que los cambios que intentamos producir en la gente —individualmente— para superar sus problemas, se desvanecen con mucha rapidez y que lo que realmente vale la pena es cambiar desde la raíz, cambiar el sistema, el que te creó, el que te convirtió en algo necesario, el que cada día te paga para que sigas promoviendo esas ideas erradas, unas ideas que lo mantienen y lo hacen cada vez más fuerte.

Esas ideas reproducen cada día a más niñas como las que atendí en mi primer trabajo, que son las mismas que atendí en mis siguientes trabajos, que cuentan historias repetidas en niñas y en niños y en mujeres y en hombres, son las historias de una humanidad empobrecida, sojuzgada, explotada, conducida por un sistema que urge destruir, para que no seamos los destruidos.

Hoy, aunque sigues formando parte de mi vida, estás presente de forma distinta. Otras ideas me acompañan y me ayudan a enfrentarte, transformarte y seguir adelante, trabajando por ese mundo sin velos, el real, el que duele pero que sintiendo ese dolor nos obliga a cambiarlo, no individual, sino colectivamente.

A pesar de todo, gracias a que llegaste a mi vida, pude despertar al mundo, conocer lo que hoy conozco y con lo que te hago frente. Apostando a la educación social, a crear conciencia, promover la organización y participación de la gente para que sean motor y fuerza material para el cambio que necesitan, que solo será posible si se unen por un bien general y social.

Es una lástima que no pueda hablarte directamente y que nunca leas esta carta, porque eres una profesión, Trabajo Social. Pero muchos que hoy sueñan con graduarse, que aspiran a cambiar el mundo a partir de ti, sí me leerán. Son los hombres y mujeres que quieren y sueñan un mundo mejor. Pensando en ellos te escribí, para sembrar en esa generación la semilla de la esperanza. La opción ante la frustración que la realidad impone, que parece inamovible, perpetua y natural es sin duda la transformación y la conciencia social.


ANGEYEIMAR GIL | @angeyeimar_gil

Docente de la Escuela de Trabajo Social de la UCV. Trabaja como investigadora en la Red por los Derechos Humanos de los Niños, Niñas y Adolescentes (Redhnna)

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