Familia en Paraguaná: pasar hambre es lo peor de no tener luz ni gas

Hasta 27 horas sin electricidad han estado sectores de Paraguaná, estado Falcón, durante las últimas semanas. A esta falla se le suma la escasez de gas doméstico que afecta a toda Venezuela. Muchos de los habitantes de esta región pasaron hambre porque no tenían forma de cocinar los pocos alimentos que tenían, como le ocurrió a la familia Medina

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La familia Medina añoraba el servicio eléctrico para poder usar la cocina | Foto: Irene Revilla

Punto Fijo.- Los integrantes de la familia Medina, conformada por los padres de Raiza —de 77 y 75 años— y dos de sus hijos, tuvieron que saciar el hambre con un poco de pan y agua durante las 27 horas que estuvieron sin electricidad en la zona central de Punto Fijo, a los pies de lo que fue la creciente Zona Libre de Paraguaná. Debido a la escasez de gas, que afecta a toda Venezuela, no podían cocinar sus frijoles con este combustible ni con la hornilla eléctrica que habían adquirido meses antes para solventar.

«Verlos rezar, caminar, implorar a Dios para que llegara la luz fue lo más doloroso. Papá es un hombre de la tercera edad que está acostumbrado a comer a la hora. Que añorara un plato de frijol chino para sentir que había comido fue algo que me dio mucha impotencia. Pasar hambre es lo peor«, contó a El Pitazo con indignación Raiza Medina.

En pleno siglo XXI los habitantes de esta región, ubicada en el estado Falcón, reciben gas doméstico cada seis meses y agua por tubería cada ocho semanas. La electricidad, el servicio que menos fallaba, ahora puede contarse entre los peores, pues los pobladores tienen días donde apenas tienen electricidad cuatro horas, sin contar las consecuentes fallas en los servicios de comunicación telefónica e internet.

La termoeléctrica Josefa Camejo, que surte de energía eléctrica a los tres municipios de la península de Paraguaná, presenta daños desde hace dos semanas, cuando quedó con una sola turbina operativa, lo que redujo su funcionamiento a menos de la mitad. A esto se le sumó el incendio que ocurrió en la subestación Aragua, más la inestabilidad diaria del Sistema Eléctrico Nacional (SEN).

En la casa hay pocos artefactos eléctricos. A los abuelos les gusta conversar y leer | Foto: Irene Revilla

Raiza Medina vive con dos hijos en un anexo que construyó en la parte trasera de la casa de sus padres. Es asistente administrativo pero está desempleada. Solo cuenta con los bonos del sistema Patria y con la ayuda de otro hijo que emigró a Colombia. En la actualidad solo compra frijoles chinos y un poco de carne cuando recibe remesas desde el país vecino.

El primer fin de semana de octubre, cuando estuvieron 27 horas sin servicio eléctrico, su preocupación no era que se le dañara la comida, porque escasamente tenía un kilo de carne molida en el congelador, sino que sus padres no pudieran comer. Incluso, Raiza contó que la carne se la comieron casi cruda, a temperatura ambiente. Se trataba de una proteína que pretendía rendir para una semana, pero por el apagón tuvo que cambiar los planes.

«El radiecito de pilas»

En la vieja casa de los Medina no cuentan con muchos artefactos eléctricos: dos televisores con sus decodificadores, dos ventiladores y dos neveras. Todo lo desconectaron por las subidas y bajadas de luz, hasta que quedaron a oscuras el sábado 2 de octubre. Durante las horas sin electricidad, Raiza calmaba la ansiedad de sus padres e hijos con pan y un poco de queso. Tomó las dos pilas del control del televisor y las puso en un pequeño radio, con el que sintonizaban las dos o tres emisoras que aún funcionaban porque tenían planta. Así se enteraban de las noticias sobre las fallas eléctricas.

«Al escuchar a un locutor que ya estaban conectando los circuitos, mi papá no dejaba de dar gracias a Dios porque ya iba a llegar la luz y podría poner a cocinar los granos en la cocinita eléctrica. Aunque eso representara una tardanza de al menos cuatro horas, era una esperanza», dijo Raiza, para después recordar cómo pasaba el tiempo lentamente sin electricidad, con el calor paraguanero y los zancudos revoloteando.

Cuando finalmente restablecieron el servicio eléctrico, Raiza pudo comunicarse con el resto de la familia. Algunos viven en Adícora, región que fue una de las más turísticas de Falcón, donde la familia Medina tenía una posada y un restaurante a orilla de la playa, pero debido a la crisis económica y a la falta de visitantes, solo queda el servicio de habitaciones. «Cuando logran alquilar podemos comprar alimentos de mejor calidad para mis viejos», dice Raiza.

La familia recuerda los mejores tiempos, cuando se dedicaban a atender turistas en una casa próspera, donde no faltaba nada. Raiza reconoce que sus padres tenían mejor semblante. No como ahora, que han perdido peso porque no tienen una alimentación balanceada.

Raiza no ha emigrado porque no quiere dejar solos a sus padres. Aspira a poder tener ingresos suficientes para darles una mejor vejez a quienes dieron lo mejor de sí para su familia y para el turismo falconiano.

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