La Selva del Darién: 12 días de infierno para una venezolana que llegó a Miami

Cada vez son más los migrantes venezolanos que llegan con marcas físicas y emocionales tras cruzar la peligrosa selva de Panamá, en su ruta a Estados Unidos. El caso más reciente es el de Daimaris Álvarez, una venezolana que fue golpeada y abusada sexualmente mientras intentaba resguardar a sus dos hijos

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Migrantes en la Selva del Darién. Foto Ap

Por: Orian Brito

Miami.- Hambre, sed, golpes y hasta abusos sexuales marcaron la travesía por la peligrosa Selva del Darién en Panamá, de Daimaris Álvarez. Esta venezolana de 29 años que decidió emigrar a Miami desde Colombia, cruzando la tupida y peligrosa Selva del Darién en Panamá, en compañía de sus dos hijos de 12 y 4 años de edad. Doce días duró la pesadilla para esta administradora de empresas, que ahora espera un mejor futuro en Florida.

Esta migrante venezolana vivió dos años en Puerto Carreño, Colombia, muy cerca de su natal estado Amazonas donde tenía empleo estable y se sentía a gusto.  “No quería emigrar, pero tenía dos meses de haber perdido mi trabajo por la pandemia del coronavirus y una amiga y su pareja, que es cubano, me convencieron. Me dijeron que con dinero y todo bien canalizado se podría cruzar. Yo terminé vendiendo mis cosas como una moto y mi casa en el estado Amazonas, Venezuela; con la ganancia de unos 9.000 dólares decidí acompañarlos”, comentó.

Camino a la muerte

Daimaris y sus amigos viajaron en noviembre del año pasado desde Puerto Carreño en autobús hasta el municipio Necoclí, en el caribe colombiano, y desde allí tomaron una lancha que los llevó hasta Capurganá, una aldea ubicada en una región costera de Colombia, que queda muy cerca de la frontera con Panamá. Hasta este punto todo iba de acuerdo con el plan inicial, pero los guías los abandonaron a su suerte. Horas más tarde, comenzó lo que define como “la entrada al infierno”.

Un grupo de 25 cubanos se sumaron en esta ruta por el Darién junto a Daimaris, sus hijos y sus amigos, pero cinco días después todo cambió. “En un punto del trayecto nos quedamos en un caserío que encontramos, pero tuve un mal presentimiento, porque el dueño estaba armado… de repente salieron otros hombres armados y todos salimos corriendo. Yo corrí detrás del grupo pero lo hice por otro lado porque hay varios caminos y decidí seguir con mis hijos”, explicó

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Para resistir la travesía, Daimaris, quien es madre divorciada desde hace varios años, tenía consigo un bolso con alimentos tales como: galletas y latas de atún; pero en cuatro días la comida y el agua se agotaron. “Yo trataba de ahorrar la comida especialmente para mi hijo más pequeño pero era imposible, tuvimos dos días sin comer nada, lo peor era no tener agua porque en medio de la selva no había nada. El niño lloraba en las noches y no hallaba qué hacer. El tercer día llovió y pude recolectar un poco de agua para hidratarnos”

El cruce de los ríos

Daimaris recuerda que tuvo que cruzar al menos cuatro ríos en medio de la selva. Para hacerlo encontró apoyo de cuatro personas que según cree son árabes. “Las corrientes eran muy fuertes, ellos me ayudaron a pasar por los dos de los ríos con las corrientes más fuertes. Sola no hubiera podido”.

La alegría de haber cruzado sana y salva quedó en suspenso cuando una banda criminal los emboscó a tan solo unos pasos de llegar a tierra. “Había una piedra grande y detrás como un caserío donde este grupo pernocta. Al verme con el niño pequeño me lo quisieron arrancar.  Yo le dije al mayor que corriera pero no me dejó sola allí. Me volví loca, porque creí que lo iban a secuestrar… les di golpes, los mordí, me halaron el cabello, me golpearon, me quitaron la ropa y me violaron… eran como 7”, reconoce entre lágrimas.

Recuerda que como pudo se levantó, agarró a sus hijos y siguió adelante, un día después llegó a la ciudad de Panamá. Los golpes, la deshidratación y el susto le impedían seguir la ruta hacia Estados Unidos, por lo que tuvo que ser atendida en un centro humanitario para inmigrantes en la capital panameña. “Estuve 25 días hospitalizada. Cuando me recuperé decidí escapar, porque un Policía de Panamá me advirtió que en ese centro no querían a los venezolanos y, menos, a los que no tenían visa”.  

De acuerdo con cifras del Gobierno de Panamá, en lo que va de año, unos 70 mil migrantes de varias nacionalidades como: Colombia, Cuba, Haití y Venezuela se han atrevido a cruzar los más de 108 kilómetros de selva tropical compacta, que alberga una diversidad de flora y fauna y que es refugio de bandas criminales que se dedican al tráfico humano, narcotráfico, entre otros delitos.

Una nueva vida 

Tras salir del centro para inmigrantes de Panamá, Daimaris se unió a un grupo de migrantes haitianos que la apoyaron económicamente y emocionalmente para cruzar por seis países hasta llegar a un cruce fronterizo entre México y Estados Unidos, específicamente, en Arizona. Eso fue en mayo de este 2021. 

Fue procesada por la patrulla fronteriza y ahora tiene puesto un grillete electrónico a la espera de defender su caso de asilo político. Vive en un refugio para desamparados en Homestead, a unos 40 minutos de la ciudad de Miami. 

Álvarez aseguró que decidió contar a El Pitazo su historia, porque no quiere que alguien pase por algo similar. “Creo que eso me da la fortaleza para decirlo, aunque algunos se burlen y digan que es mentira. Espero que mis hijos puedan estudiar y yo  anhelo encontrar un empleo, una vez tenga mi permiso de trabajo, para avanzar y darles una vida mejor”. 

Afortunadamente, el apoyo no le ha faltado. Para generar algunos ingresos, recoge cocos junto a una familia nicaragüense, que los vende y ellos le pagan una comisión.

No es el único caso 

Patricia Andrade, directora de Raíces Venezolanas Miami, un programa de la organización no gubernamental Venezuela Awareness Foundation, que provee ayuda básica a los migrantes venezolanos que llegan a Miami, calcula que de 100 personas que atienden semanalmente, 95 cruzan por fronteras de manera ilegal, y 90 de ellos viven experiencias traumáticas.

 “Son tantos los casos que semanalmente atendemos, que estamos pensando en la posibilidad de incorporar a un terapista, para manejar estas situaciones. Cuando la gente llega quiere relatar lo que ha sufrido, pero lamentablemente no podemos darle el apoyo profesional que requieren”, precisó.

Andrade, quien también es activista de Derechos Humanos, sostiene que los migrantes venezolanos deben informarse bien antes de tomar una ruta tan peligrosa para llegar a Estados Unidos. “Nosotros insistimos en que no usen esa vía. Entendemos que la situación en Venezuela es terrible, pero la misma desesperación y lo que viven los lleva a minimizar el riesgo, y no se informan sobre los peligros de la selva o la frontera”. 

Raíces Venezuela atiende todos los viernes a familias o personas que solicitan ropa, productos del hogar y comida para poder subsistir en Miami. “Nosotros dependemos de las donaciones de artículos y dinero. Nuestros voluntarios no cobran nada”. A través de sus redes sociales como instagram @raicesvenezolanasmiami cualquier inmigrante o persona que quiera ser voluntario puede contactarlos. 

Patricia Andrade tiene más de una década asesorando al creciente éxodo venezolano que llega a Miami pero reconoce que los testimonios de los que cruzan la frontera le impactan, “He tenido que hacer cambios en mi vida para poder desconectarme de testimonios tan duros. Mi familia es ese refugio y siempre que llego de Raíces me esperan con una comida o actividad especial como forma de apoyo”. 

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