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sábado, 25 junio, 2022

700 caraqueños reciben semanalmente un plato de comida en la iglesia Chiquinquirá

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En marzo del 2017, vecinos de la parroquia El Recreo, liderados por Alesia Santacroce y su familia, decidieron preparar una olla de lentejas para 40 personas que no tenían qué comer. Esa olla permitió alimentar a 120 personas, y a partir de allí nació un proyecto que hoy alimenta entre 700 y 800 caraqueños todos los sábados.

La iglesia Chiquinquirá, ubicada en la avenida Andrés Bello, presta el espacio para armar un comedor de cinco mesas con diez sillas cada una, y presta su cocina desde el viernes de cada semana, cuando se preparan los alimentos que se entregarán al día siguiente.

«La Olla Milagrosa es una iniciativa que surgió de la familia venezolana después de encontrarnos que había muchísima gente comiendo de la basura. El primer día una agencia de festejos nos prestó unos platos; un carpintero nos dio unos tablones y la iglesia nos dio las sillas y el espacio. Así empezamos», dijo Santacroce.


Alesia Santacroce es abogada y trabaja en un negocio familiar. Asegura que «no es difícil en un país como este trabajar y ocupar tiempo para ayudar, porque te encuentras todos los días una razón para hacer labores por la gente». Foto: Stefani Sahuquillo

Al principio, la gente hacía cola a las afueras de la iglesia desde las 9:00 pm del día anterior. Santacroce explica que esta situación era muy difícil para los vecinos; por eso decidieron censar a todos los que iban regularmente. Es así como hoy tienen 500 carnets en los que detallan los datos de la persona, algún contacto telefónico o la zona en donde están en caso de estar en situación de calle. De esta manera tienen un control que les permite apoyarlos incluso más allá de solo un plato de comida. 

A pesar del censo, siguen llegando todos los sábados personas de las que no tienen registro. Ellos hacen lo que denominaron «la cola de la esperanza«, y aunque sus platos no están contados, los necesitados esperan que alcance la comida de la jornada para que sean alimentados.

«A todos los niños que vienen, estén o no carnetizados o vengan o no con sus padres, les damos un plato de comida. Cerramos las puertas del comedor cuando todos los que están en la puerta ya han comido. Si no alcanza todo el menú para «la cola de la esperanza», les damos al menos una parte», explicó Alesia Santacroce.

«Es un sentimiento de satisfacción saber que puedes ayudar a la comunidad a estar mejor, pero al mismo tiempo uno llega a la casa, después de haber trabajado todo el día, y tienes una sensación de vacío por no poder hacer más. Aunque sabemos que estamos haciendo todo lo posible por ayudar, nosotros quisiéramos tener alguna infraestructura o alguna organización, que al final se resume en tener un país que apoye a todos sus ciudadanos», dijo Alesia Santacroce.

«Nosotros recibimos como donación desde una cebolla hasta un kilo de cebolla», dice la activista. El comedor puede funcionar gracias al apoyo de los vecinos, de los mercados locales y de algunos donantes, que al conocer la causa entregan grandes cantidades de alimentos. Este comedor no tiene ningún tinte político y se sostiene genuinamente por la comunidad.

Han logrado crear un presupuesto estándar que les permite conseguir alimentos básicos para la semana. Además los colaboradores se han formado para brindar a los comensales un plato verdaderamente nutritivo. Actualmente necesitan todo lo que un comedor requiere: esponjas, detergente para limpiar, paños para secar… Todo es bienvenido para el inventario del comedor.



Los voluntarios son vecinos de la zona y algunos jóvenes que realizan su labor social. Foto: Stefani Sahuquillo

Otra forma de participar y apoyar es sumándose como voluntario a los distintos departamentos y grupos: logística, que da ingreso y hace seguimiento a los comensales; cocina, que prepara los alimentos luego de acordar el menú de la semana; fregonas, quienes friegan y secan los platos para volver a servir a los comensales a medida que avanza la cola; bebidas, en el que se agrupan quienes sirven el jugo; y capitanes y servicio de mesa, quienes promueven la oración, acomodan las mesas y atienden a los comensales.

«La aspiración real de La Olla Milagrosa es que tengamos fecha de vencimiento, que este comedor algún día no sea necesario porque la gente tenga dinero para escoger qué quiere comer», explicó Santacroce, quien destacó que cada vez se han sumado más comensales porque la crisis en Venezuela se agudiza. La Olla Milagrosa suele recibir donativos para festejar los días del padre, del Niño y de la Madre, así como la Navidad, y esos son los días en que más familias vienen a recibir su plato.


«Mi hija y mi yerno me dicen que yo me siento mal de lunes a viernes, pero que el sábado en la mañana, cuando vengo a «La Olla Milagrosa», se me pasa todo y estoy bien», cuenta con gracia Isabel Aponte, quien es voluntaria en la mesa de registro desde el 18 de marzo del 2017, el día en que se inició «La Olla Milagrosa». Foto: Stefani Sahuquillo

«Como ellos me ayudaron a mí, yo quiero ayudarlos a ellos», dice María Eugenia Sojo, comensal y colaboradora del comedor. El comedor ha permitido que varios comensales reciban una ayuda más allá de un plato de comida. Hay algunos que han recibido ropa y apoyo médico, y otros se han incorporado incluso al funcionamiento del comedor. María Eugenia Sojo es una de esas personas, quien friega las ollas grandes como forma de retribución. Además en La Olla Milagrosa le regalaron los primeros ingredientes para empezar a realizar tortas, postres con los que hoy ayuda a mantener a su familia.


María Eugenia Sojo tiene siete hijos y todos comen en La Olla Milagrosa. Foto: Stefani Sahuquillo

Hugo es el encargado de la puerta en el comedor. Estuvo en situación de calle durante cinco años y hoy ya tiene un techo a donde llegar. «Aquí en La Olla Milagrosa me han tratado con cariño, me han hecho sentir en familia y tengo mucho que agradecerles, por eso los apoyo todas las semanas». Asegura que tanto pedirle a Dios le hizo estar hoy en el camino de La Olla Milagrosa.


«También trato de llevarle comida a la gente del hospital Pérez Carreño, porque yo sé lo que es pasar hambre de verdad, y si puedo ayudar a que otros salgan de esa situación, lo voy a hacer», dice Hugo, portero de La Olla Milagrosa todos los sábados. Foto: Stefani Sahuquillo

El proceso del comedor
«Estar aquí es bellísimo. Sales llenos de bendiciones porque todo el mundo te agradece. Me gusta atender al prójimo», dice Beila Coll, voluntaria. «Es Papá Dios el que me ha puesto aquí, donde todo es colaborar con cariño, respeto y consideración hacia todas las personas», asegura Isabel Aponte, otra de las voluntarias. En el proceso participan muchas personas y tienen una organización muy detallada.

Así es como un gran equipo se encarga todas las semanas de atender a muchos venezolanos que tienen una necesidad de alimento. La Olla Milagrosa está en sus redes sociales como @laollamilagrosa; en Facebook como La Olla Milagrosa, y su correo electrónico es [email protected].

Hace unos meses no tenían agua, entonces les donaron una cisterna, pero algunos efectivos de la Guardia Nacional la secuestraron, lo que ocasionó que no pudieran entregar comida una semana; sin embargo, toda la comunidad se puso de acuerdo y lograron recolectar más de 2.000 litros. «Ese tipo de acciones me recuerda que todos nosotros tenemos una misión en Venezuela y tenemos que seguir desarrollándola», afirmó Alesia Santacroce.

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