En tres años y medio de matrimonio, los jóvenes zulianos Emilingelis e Ismael Ramos han enfrentado todos los obstáculos posibles que conlleva una migración forzada. Su amor ha sido puesto a prueba por la distancia, por la burocracia y por la falta de recursos económicos, pero ha logrado salir airoso

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“El amor a distancia creo que no está hecho para todos”. La frase la dice con seguridad absoluta, la venezolana Emiliangelis de Ramos. Lo dice con todo el bagaje de la experiencia vivida por ella y por su esposo Ismael. Lo dice y suspira recordando lo intenso del camino recorrido, para estar hoy, finalmente juntos, en Estados Unidos.

Cuando Emiliangelis conoció a Ismael, supo que él era el amor de su vida. Para muchos era el enamoramiento pasajero de una chica adolescente de 16 años. Pero ella sabía que no era así. A Ismael, tres años mayor que ella, le pasaba lo propio, solo que un obstáculo se interponía a esa relación: la distancia. Emiliangelis, aunque venezolana y oriunda del estado Zulia, vivía en Colombia, mientras que Ismael, seguía en tierra zuliana.

Ambos tomaron el riesgo. Comenzaron una relación a distancia para conocerse mejor y descubrir, con cada conversación, que eran el uno para el otro. Se hicieron novios el 24 de diciembre de 2017 y el 23 de noviembre del año siguiente, se casaron. Ella tenía 18 años. Él, 21.

Nos casamos jóvenes, porque queríamos estar juntos y vencer cualquier barrera que nos separara. Especialmente porque ya en nuestros planes estaba la posibilidad de una migración y no queríamos hacerlo separados”. Pero el destino tenía otros planes.


El amor a distancia creo que no está hecho para todos

Emiliangelis de Ramos, migrante venezolana

Tras tres años y tres meses de matrimonio, Emiliangelis e Ismael dicen amarse, más que ese día que se prometieron estar en las buenas y en las malas. En tres años y tres meses de matrimonio han tenido que enfrentar la persecución política, la extorsión de cuerpos de seguridad venezolanos, tres migraciones y dos detenciones en centros de Estados Unidos. Ellos aseguran que hoy son más fuertes. Y que salir airosos de tanta dificultad fue posible, únicamente, por el amor que ambos se profesan.

La primera migración fue a Colombia. Ninguno de los dos tenía pasaportes, por lo que lograr estabilidad y legalidad fue imposible. Igual trabajaron y ahorraron todo lo que pudieron. El segundo destino fue Ecuador. Allí trabajaron en cuanto oficio les daba oportunidad, pero la xenofobia ahuyentó cualquier plan de permanencia. Y decidieron volver a Venezuela.

Vivir con grillete en EEUU: el precio que paga una venezolana por su libertad

“Habíamos ahorrado y decidimos invertir en un negocio en la zona de donde somos oriundos, en el municipio Simón Bolívar, en el estado Zulia. Pero no teníamos ni 15 días con el negocio cuando empezó la extorsión. Nos cobraban vacuna por protección. Uno por miedo, por inseguridad, lo hace, pero eso nos llevó a fracasar”, recuerda Emiliangelis.

Además de la extorsión y la inseguridad, también estaba el tema político. Ismael era dirigente político del partido opositor Voluntad Popular y su participación en las protestas lo pusieron en el ojo del huracán.

“Sabíamos que teníamos que irnos de Venezuela. Pero no sabíamos a donde. El papá de Ismael y otros familiares ya estaban en Estados Unidos y, por ello, decidimos, a pesar de no contar con los papeles, de ir a ese destino”, agrega la joven que hoy tiene 22 años.

A mediados de 2021, a Ismael Ramos le entregaron su pasaporte. El de Emiliangelis aún estaba en proceso. Cuando Ismael recibió su pasaporte tomaron la decisión: buscaría asilo es Estados Unidos y una vez ella tuviese su pasaporte, se reencontrarían.

“Ha sido de las decisiones más difíciles que tomamos como pareja. Uno se imagina lo que puede pasar. Uno se lanza, porque te sientes acorralado, porque es horrible vivir con miedo en tu propio país. Pero irte así también da miedo, porque tienes la certeza de que va a ser difícil, pero tus pensamientos no te preparan para lo que sientes cuando lo enfrentas”, reflexiona Emiliangelis.


Hubo días de miedo, de dudas, de frustración, pero los enfrentamos con comunicación, con lealtad y transparencia

Emiliangelis de Ramos, migrante venezolana

Ismael Ramos salió de Venezuela en mayo 2021. Él y Emiliangelis se prometieron no ser de las parejas que se separan por la migración. Quizás fue por ello que lo último que Ismael hizo antes de cruzar la frontera entre México y Estados Unidos fue enviar una nota de voz a su esposa: “Amor, ya crucé el río. Ya estoy del lado de Estados Unidos, te amo”.

Cuando Ismael pisó Estados Unidos, el 7 de junio de 2021, fue llevado a un centro de detención en el estado de Misisipi. “Allí nos llamábamos a diario. Dividíamos los minutos que le otorgaban al mes, aunque sea para garantizarnos cinco minutos de charla”, recuerda Emiliangelis.

Al mes, trasladaron a Ismael al Winn Correctional Center en el estado de Luisiana. Esto perturbó la calma del proceso migratorio. “A ese lugar le dicen el hoyo negro, porque quien cae allí no sabe cuándo va a salir. Esto nos preocupó, pero en lugar de paralizarnos, decidimos actuar para solucionarlo”.

Ante la incertidumbre, Emiliangelis se convirtió en la vocera de los migrantes detenidos en ese lugar para defender sus derechos. Habló y denunció. Buscó a periodistas, abogados y hasta representantes del gobierno interino de Juan Guaidó. Hizo que el caso de Ismael no fuera un simple número. Y lo logró. Tras 5 meses y 10 días de detención, a Ismael le dieron libertad el 17 de noviembre. Un día antes de la celebración de la Virgen de la Chiquinquirá, patrona del estado Zulia.

“Fue un momento de felicidad poderlo ver, aunque sea por videollamada de WhatsApp”. Pero la dicha no era completa. Aún estaban separados. Ella seguía en Venezuela. Y aunque había recibido su pasaporte, no tenía recursos económicos para emprender su viaje.

“En medio de la desesperación, apareció un ángel. La tía de otro migrante venezolano detenido con Ismael conocía nuestra historia y ofreció pagar mi viaje. Ella tiene ya 29 años viviendo aquí y nos tendió la mano. Gracias a ella y a la amistad que construimos en el grupo de WhatsApp de familiares de detenidos, yo pude venir”.


Es horrible vivir con miedo en tu propio país

Emiliangelis de Ramos, migrante venezolana

Para encontrarse con Ismael, Emiliangelis transitó, junto a un grupo de migrantes, un desierto frío guiada por coyotes mexicanos y con la única iluminación que la que otorgaba la luna llena. Rodeó el muro que separa Texas de Mexicali y se entregó, como lo había hecho Ismael meses atrás, a la Patrulla Fronteriza. “Yo me repetía a mí misma: estoy más cerca de ver a Ismael. Faltan menos kilómetros. Ya falta menos”.

El 27 de diciembre de 2021, finalmente, Emiliangelis se reencontró con Ismael. “Verlo y poder correr hacia él fue una experiencia grande. No puedo explicar cómo me sentía. Fue un abrazo importante”.

Hoy ambos viven en San Antonio, en el estado de Texas, en los Estados Unidos. Trabajan para levantar un hogar, lograr su estatus migratorio definitivo y en un futuro, tener hijos. Hacer que tanto esfuerzo valga la pena.

“Hubo días de miedo, de dudas, de frustración, pero los enfrentamos con comunicación, con lealtad y transparencia. Había días en que ambos teníamos miedo. ¿Y si no podíamos vernos otra vez? Pero siempre que alguno de los dos decaía, el otro le daba fuerzas. Pasar por experiencias similares ha roto la relación en otros casos, pero a nosotros nos fortaleció, nos hizo madurar y valorar aún más nuestra relación. Cuando hay amor todo se puede”.

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